sábado, 1 de octubre de 2011

Felicidad


El día se levantó más fresco de lo esperado, pero aún así no perdonó su paseo diario.
Al cerrar la puerta se paró un momento en el quicio, y como siempre inhaló la primera bocanada de aire con fruición.

Le encantaba saborear esos pequeños momentos del día, fracciones milésimales que se repetían día tras día y que le daban esa sensación de felicidad.
A primera hora de la mañana gozaba de todos sus sentidos en plenitud, oía el crujir de las hojas bajos sus pies, gozaba observando el paisaje cambiante ante cada estación, olía el rocío, sentía al pasar la mano por los arbustos la energía de la vida, saboreaba cada momento de su paseo.
Como siempre comenzó a caminar de manera decidida, notaba en cada pisada como su cuerpo despertaba, la puesta en marcha de cada músculo, cada nervio, cada molécula de su ser; le encantaba ser conciente de la fuerza que poseía.

Y cada mañana repetía el ritual de no solo vivir, si no ser conciente de lo que vivía, había aprendido muy pronto que la felicidad no existía, existía la certeza de poder descubrirla en cada instante, en cada momento del día.

Así como siempre en los últimos años, salía de su casa decidida a saborear cada instante sabiendo que era feliz.

1 comentario:

  1. Ella se paró en el quicio, y va tan lenta que a mí me saca de quicio...

    Besos.

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